1949, el transatlántico Queen Elizabeth en medio del Atlántico. Donald Healey, un apasionado ingeniero británico, pasea por la cubierta. Se dirige a Detroit a comprar motores Cadillac V8, pero en el fondo sabe que los estadounidenses le van a cerrar la puerta en las narices. Es entonces cuando se encuentra con George Mason, el jefe de Nash Motors, quien le dice sin rodeos: «Olvídalo, viejo, General Motors nunca te venderá sus motores». Esta improbable conversación en medio del océano dará origen a uno de los capítulos más destacados del mundo del automóvil: los roadsters británicos.
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Así que les voy a contar una historia sobre una época en la que conducir era realmente conducir. No se trataba de pulsar un botón y esperar a que el coche hiciera el trabajo por ti, no. Hablo de una época en la que sentías cada bache del camino, cuando el motor rugía de verdad bajo el capó y cuando pisar el acelerador en una pequeña carretera rural era mejor que cualquier antidepresivo.
Los maestros del placer de conducir
Tras la Segunda Guerra Mundial, Inglaterra despertó con un auténtico deseo de recuperar el tiempo perdido. Y entonces, varios genios revolucionarían nuestra perspectiva sobre el automóvil. Primero, Donald Healey, un tipo absolutamente increíble. Imagínense, era piloto de avión durante la Primera Guerra Mundial y se estrelló dos veces, ¡una de ellas derribada por su propia artillería! Después de eso, conducir coches de carreras debió de resultarle relajante.
En 1931, llegó al Rally de Montecarlo con un Invicta de 4.5 litros que literalmente se desmoronó. Los frenos fallaron, el eje trasero se rompió, pero a Donald no le importó en absoluto. Siguió adelante, llevó su coche agonizante hasta el final, ¡y ganó! En ese momento, cualquiera pensaría que tenía algo dentro, y acertaría.
Por otro lado, está Sir William Lyons, apodado "Mr. Jaguar". Este hombre empezó fabricando sidecares para motocicletas en 1922. Nada predestinaba al hijo de este músico a revolucionar el automóvil. Pero William tenía ojo, un sentido estético absolutamente excepcional. Cuando diseñó el XK120 en 1948, nadie lo creía. ¿Un coche de producción capaz de superar los 190 km/h? ¡Imposible! Y aun así...
Me encanta esa época porque estos tipos no fabricaban coches, hacían accesibles los sueños. No hacía falta ser millonario para permitirse un auténtico deportivo. Un Austin-Healey, un MG, un Triumph TR, estaban al alcance del ciudadano medio que solo quería divertirse los domingos.
América, la tierra prometida de los roadsters ingleses
Y aquí es donde la cosa se pone loca. Los estadounidenses se enamoran de estos pequeños coches británicos. ¿Te lo imaginas? En 1963, el 91,5 % de todos los Austin-Healey 3000 producidos se enviaron directamente a Norteamérica. ¡El 90 %! Los ingleses vendieron sus mejores creaciones a los estadounidenses y se quedaron con el resto.
¿Por qué? Porque al otro lado del Atlántico, tenían enormes motores V8 que consumían como un tronco y suspensiones suaves como malvaviscos. Los roadsters británicos eran todo lo contrario: compactos, sensibles y directos. Al girar el volante, giraba. Al frenar, frenaba. Revolucionario, ¿verdad?
Imaginen a Donald Healey, quien lo comprende enseguida. Tras su encuentro casual en el Queen Elizabeth, desarrolla el Nash-Healey con los estadounidenses. El primer auténtico deportivo estadounidense de posguerra, nada menos. Pero Donald tiene una visión más amplia. Quiere su propio bebé.






































































































































